Son divinas!! (se los digo modestamente
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*
Casa Gobernador.
-¡Mariángel! –entra Almudena a la habitación de Mariángel y se queda horrorizada- ¡Oh! ¡Dios mío! ¿qué pasa aquí? –y le cierra las puertas en las narices a Fernando.
Pero Fernando la abre a la fuerza- ¡Almudena! ¡Almudena, qué sucede!
Y ambos se quedan pálidos y espantados ante el espectáculo que se les presenta a los ojos.
Mariángel en ropa interior… con una cara de estúpida inocencia… los mira desde la cama bajo las sabanas… dónde está profundamente dormido sin camisa… ¡Diego De La Vega!
Fernando se queda pálido del espanto y achica los ojos como si no viera bien.
Almudena los abre enormemente y con espanto.
-¿Qué diablos está pasando, Mariángel? –se abalanza Fernando.
-¡Fernando, cálmate! –trata de detenerlo Almudena con desesperación.
En el espejo se ve a Mariángel en la cama al lado de Diego inconciente.
-¡Suéltame! –grita Fernando.
-¡Papá, yo te lo puedo explicar! –Mariángel.
-¡Aquí no hay nada que explicar, todo está muy claro! –grita Fernando- ¡cómo se atreven a faltarle el respeto a mi casa y en tu cama! –se pone rojo de la ira.
Mariángel finge pena.
-¡Qué falta de decencia la tuya, Mariángel!
-¡Papá! Lo siento mucho… es que bebimos demasiado.
-¡Mariángel! –se despierta Diego- ¿qué fue lo que pasó?
-¡Qué está haciendo desgraciado! –le grita Fernando y le da un trompazo.
Diego pone los ojos en cruz y cae para atrás más que inconciente.
Fernando mira a Mariángel con decepción respirando agitadamente.
Mariángel baja la mirada.
-“¡Dios mío! Esmeralda” –piensa Almudena.
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Hacienda De La Vega.
Montero hierve de rabio con Esmeralda a su lado que está muy guapa- ¡Su Excelencia! Con todo el respeto que usted se merece… ¡su comentario ofende mi dignidad!
-¡Ay, comandante! Deje la sensibilidad para nosotras las mujeres –la marquesa.
Esmeralda no puede evitar sonreír. Alejandro lo mira con rabia contenida.
-¡Yo sólo sugerí que Diego De La Vega es mejor partido que usted! Y esto es una verdad irrebatible.
-¡Marquesa, pero yo…! –le alza la voz Montero.
-¡Comandante! –le grita Alejandro- ¡no vamos a polemizar por un simple comentario! ¿no es cierto? –y le muestra el camino- ¡siga adelante! Más tarde tendrá la oportunidad de conversar a solas con la marquesa.
-¡Bien dicho, Alejandro! Por favor disfrute de mi velada, le aseguro comandante –y mira a Esmeralda- ¡que usted va a ser la envidia de todos mis invitados!
-¡Con su permiso, marquesa! Don Alejandro… -se despide- ¡cariño! –le dice a Esmeralda y la lleva del brazo.
Esmeralda sonríe forzadamente y lo sigue.
-Me temo que si sigues tratando al comandante Montero de esa manera se va a ir mucho antes de lo previsto –le susurra Alejandro al oído a la marquesa.
La marquesa suspira- ¡No lo soporto! Sólo estoy esperando que llegue tu hijo, para hablar en privado con el comandante Montero… y poner las cosas en su lugar.
Alejandro le sonríe pero luego mira preocupado a Bernardo que le dice que Diego todavía no apareció.
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Otro rincón de la fiesta.
-¡Esa maldita vieja me quiere provocar, pero no lo va a lograr! –Montero.
-¡Por favor, Montero! Sólo fue un simple comentario.
-Lo estás pasando muy bien, te encanta ver cómo me humillan, pero no me van a ganar… Esmeralda… ¡sólo estoy esperando de encontrarme frente a frente con Diego De La Vega para que se arrepientan de haberme invitado!
Dolores lo mira con odio desde lejos.
-¿Ah, si? ¿y qué va a hacer, Montero? –se burla.
-¡Mucho cuidado, Esmeralda, tú sólo compórtate como mi esposa! –la amenaza- ¡no vayas a hablar con él, porque si lo haces…. Te sacaré a rastras de aquí! –y se aleja de ella.
Esmeralda queda sola y ofendida.
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Misión.
María Pía se escabulle a su encuentro furtivo.
Detrás de ellos, por un atajo y con una antorcha el cardenal y Suplicios corren detrás de ellos.
-¡Todos creen que estoy loca! Sé que el demonio acecha… tengo razón.
-¡No provoques la ira del Señor!
-María Pía es la esposa de Satanás.
-¡Ya basta hermana! ¿falta mucho para llegar a esa dichosa prueba?
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Cabaña.
María Pía llega a la cabaña y no encuentra a nadie- Al parecer todavía no llega- y prende velas.
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Casa Gobernador.
Pero Fernando está en la habitación de Mariángel.
-¡Diego! ¿estás bien? –le pregunta Mariángel mientras Fernando y Almudena los miran.
-¡No! –responde Diego a penas- ¿qué fue lo que me golpeó? –dice sin sentido.
Almudena se extraña.
-¿Sucede algo, señor? –entra Olmos.
-¡Permanezca afuera, mi hija no está presentable! –le grita Fernando.
-¡Sí! –sale pero antes mira bien la escena.
-¿Cómo pudiste hacerme esto, Mariángel? –le reclama Fernando casi llorando- ¡Pensé que eras una mujer decente….!
-¿Cómo mi madre? –le corta Mariángel.
Almudena abre los ojos con sorpresa.
-¡Pues créeme que lo soy, papá! Pero no la mujer sumisa y abnegada que nunca hizo ni dijo nada por sí misma.
-¡Mariángel, Fernando! Por favor cálmense.
-Por favor, pueden bajar el volumen –habla Diego- que me duele la cabeza.
-¡Tú la rodeaste de dinero y comodidades para cubrir lo que no sentías por ella! –sigue Mariángel- ¡tú nunca la amaste, porque siempre tu corazón estuvo al lado de María Pía!
-¿Te atreves a juzgar los sentimientos que le tuve a tu madre? –le grita Fernando- ¡Ah, has aprendido, sabes que la mejor defensa es el ataque!
-¡No, papá! Lo hago para demostrarte que yo nunca voy a ser como mi madre –altiva- ¡jamás me voy a conformar con migajas! Cuando llegamos a estas tierras te dije muy claro lo que quería en la vida.
-¿Y crees que eso va a justificar la porquería de revolcarte en tu cama? ¡en mi propia casa, con Diego De La Vega! –le grita fuera de sí Fernando.
-¡Bebimos! No estábamos en control de nuestros sentidos… ¡soy un ser humano, por Dios!
Olmos que no ha salido de la habitación escucha sin perder detalle.
-¡Un momento, Mariángel! –levanta la voz Almudena- ¡Aquí hay algo muy extraño! Esta puerta estaba sin seguro cuando entré, y tú jamás… ¡dejas tu puerta abierta por las noches! Y Diego… la verdad es que él no se emborracha de esta manera.
Mariángel empieza a llorar- ¡Esto es muy injusto! ¿Por qué me atacan de esta forma? Papá… ¡tú crees que soy una mujerzuela y tú tía piensas que soy la responsable de todo esto!
-¡No! Solamente estoy diciendo algo que me parece inusual –Almudena- ¡y en cuánto a Diego… es una persona decente… él no haría algo así!
-¡Y yo si! –grita Mariángel- ¿eso me quieres decir?
-¡Ya basta! –grita Fernando- ¡basta ya! Olmos…. ¡ordene que saquen a Diego De La Vega inmediatamente de aquí!
-¡No puedes Fernando! Recuerda que en su casa hay una recepción en honor a la marquesa de Santillana.
-¡Ah, sí! ¡pues mejor! Así la marquesa se dará cuenta qué clase de gente es Diego De La Vega –grita Fernando- ¡Vamos Olmos! Consiga dos soldados de mi guardia y llévese a Diego De La Vega… al establo.
Olmos sale corriendo.
-¡Pero Fernando, por Dios! –Almudena.
-¡Aquí se hace lo que yo digo! –le grita Fernando.
Almudena sale del cuarto enojada.
Fernando se acerca a Mariángel que finge llorar- ¡Voy a atender un asunto que tengo pendiente! Y voy a venir a hablar contigo De La Vega… -y mira a Mariángel- ¡y también contigo, Mariángel! –se marcha con decepción.
Mariángel finge pena, pero al quedar sola empieza a reír… y a reír… -¡Lo logre! –festeja- ¡lo logré! –y acaricia a Diego inconciente- ¡ahora no te vas a zafar de mí, mi querido Diego! Vas a ser completamente mío… ¡mío, mío! –y lo besa- ¡Para siempre, mío!
Terribles relámpagos la iluminan de manera siniestra.
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Hacienda De La Vega.
-¡Cada vez que miro a Esmeralda, se me arruga el alma! –suspira la marquesa- ¡se ve que esa niña tiene una gran pena encima!
-¡Así es, pero muy pronto daremos por terminado con ese sufrimiento y todo gracias a que tú vas a anular su matrimonio con Montero! –le susurra Alejandro-
Esmeralda a lo lejos se ve nerviosa y buscando con la mirada a Diego.
-¡Sí! –ríe feliz la marquesa- ¡me encanta a mí el papel de celestina! Ay… así como detesto cumplir con algunos compromisos sociales… por ejemplo…
En ese momento llega el juez con Catalina y Tobías- ¡Su Excelencia, doña Carmen Santillana de La Roquette! Bienvenida a nuestra ciudad, nos tiene usted postrados a sus pies.
-¡Muy amable, señor juez! Pero postrado no… por favor… no pido tanto… ¡sólo pido que usted cumpla con su trabajo honestamente! Eso será más que suficiente.
Tobías se saca el sombrero de copa y se arrodilla- ¡Su Alteza, es un honor je suis Tobías del Valle y Campos, esposo de Catalina! –que sonríe como tonta- ¡a sus pies, mi Alteza!
-Tobías….
-¡No se preocupe, Catalina! Yo estoy acostumbrada a estas muestras de afecto, sobre todo de personas que no han pisado… ni pisarán… ¡jamás la Corte!
Tobías hace como que no escucha- ¡Don Alejandro, gracias por la invitación! Con su permiso.
-¡Bienvenidos!
Y todos pasan.
-¡Qué gente tan desagradable! –suspira la marquesa- ¡ahora sólo falta que llegue Diego! ¿será necesario que vaya mi escolta a buscarlo y lo traiga?
Alejandro suspira- ¡Tal vez sea mejor que Diego no esté presente esta noche con nosotros, Carmen! Él ha pasado por momentos muy duros, difíciles, y necesita tiempo… ¡en este momento debe tener el corazón totalmente destrozado! Pero no te preocupes… mañana a primera hora lo iré a buscar y le daré la buena noticia… personalmente.
La marquesa asiente -¡Ve tú a buscar al comandante Montero y terminemos esto de una buena vez!
-¡No sabes cuánto me esperaba este momento! –sonríe Alejandro- ¡el comandante Montero y yo tenemos muchas cuentas que cuadrar!
-¡No! –le corta la marquesa- ¡Con el comandante Montero voy yo a hablar a solas! No quiero que ese hombre te odie todavía más… recuerda que yo me voy a ir pero tú te quedarás aquí y seguirás viéndolo seguido… ¡y cuidado, hermoso mío!
-¡Será como tú digas, Excelencia! –Alejandro sonríe y mira a Esmeralda.
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Cabaña.
María Pía muy nerviosa- ¡Tiene que ser el adiós definitivo! Pero es extraño, ya debería estar aquí… ¿algo pasó?
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Casa Gobernador.
Fernando esta a punto de subir a su caballo cuando Almudena lo sigue- ¡Fernando, por favor, escúchame!
-¡Ya déjame en paz! –Fernando está todo vestido de negro.
-¿Vas a hacer que Diego se case con Mariángel solamente porque se enloquecieron con el licor?
-¡Si Diego De La Vega es un verdadero caballero y defiende la integridad de su apellido sabrá muy bien lo que tiene que hacer! –le grita Fernando- ¡la dignidad de mi hija tiene precio!
-¡Pero eso no es justo!
-¡No quiero discutir contigo hermana, por favor! No me hagas más difícil este momento.
-¡Tú sabías que hoy se oficializaba lo de mi matrimonio! –le grita Almudena- Alejandro… me está esperando… ¿qué hago con Diego?
-¡Ordené que lo trajeran al establo! Adelante a la recepción, yo te alcanzo más tarde… ¡mañana en la mañana voy a hablar con Diego De La Vega y voy a solucionar esto de una buena vez!
-¡Fernando, es mi fiesta! –grita Almudena.
-¡Si es tu fiesta, disfrútala! –le grita Fernando y se va con su caballo.
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Hacienda De La Vega.
-¿Y Diego De La Vega? –sonríe triunfante Montero- ¡qué extraño que no está entre nosotros!
Alejandro se acerca- ¡Comandante Montero! Que curioso verlo a usted muy preocupado por mi hijo Diego – se burla- ¡sobre todo después de todo lo que hizo en contra de él!
Montero se ubica estratégicamente detrás de Tobías que no sabe qué hacer entre los dos.
-¡Espero que no existan rencores entre nosotros, don Alejandro! Debe entender… sólo estaba cumpliendo con la ley… mi capitán encontró evidencia en su Hacienda que llevaba a pesar que su hijo Diego… ¡era El Zorro!
Tobías se pone pálido al escuchar esto.
-¿Y nunca se le ocurrió comandante que El Zorro pudiera ser…? –pausa- ¡yo!
Y todos los que lo rodean ríen a carcajadas en forma burlona.
-¡Caballeros! Si me lo permiten vengo a llevarme al comandante, la marquesa insiste en hablar con usted a solas –Alejandro- ¿me acompaña, comandante?
-¡Por supuesto! Con permiso.
-¡Mi comandante! –lo detiene Tobías.
Montero lo mira como para matarlo.
-¡Puede seguir!
En otro rincón Esmeralda sigue sola y busca con la mirada- ¡Bernardo! ¿Dónde está Diego, por qué no ha venido? –Bernardo le dice que no sabe- ¡Bernardo, tengo miedo por él! Siento que algo malo le va a pasar como un presentimiento.
Pero Bernardo la tranquiliza.
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Cabaña.
María Pía recuerda que Fernando mató a la madre de Diego y empieza a llorar, recuerda el rompimiento de su compromiso.
-¡Que duro ha sido nuestro pasado Fernando, nuestra historia! Pero por fin le vamos a decir adiós a todo aquello que nos une… ¡esto tiene que terminar! –llora y toma la nota- ¡Aquí dice que la cita es hoy! ¿Por qué no llegas? ¿o será que piensas como yo que estoy no tiene sentido? Y si me voy –considera- ¿y vienes? ¡no! No quiero desatar tu ira otra vez… ¿qué hago?
*
Suplicios se adelanta- ¡Ya estamos cerca cardenal! –grita y de pronto entre los relámpagos ve al pobre esclavo negro con cadenas- ¡no puede ser! ¿qué quieres de mi?
-¡Hermana Suplicios! Mire al demonio que vino por mí –y le atrapa de la cabeza.
-¡Ay! –grita el cardenal.
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Casa Gobernador.
Almudena contempla a Diego tirado en el heno- ¡Yo tengo que salir! Por favor estén muy pendientes de él, si se despierta y se siente mal, llamen al señor Olmos… ¡él sabrá que hacer!
-¡Sí, señorita! –los guardias asiente.
Almudena lo mira- Diego… ¿Cómo pudiste cometer semejante error? Justo ahora que estabas a punto de recuperar a Esmeralda… ¡Qué las cosas estaban a punto de cambiar! ¿Cómo pudo pasar esto? –triste lo cubre con su saco y se marcha.
Diego sigue dormida.
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Hacienda De La Vega.
Sentada en un sofá, a solas, la marquesa enfrenta a Montero- ¡Estoy al tanto de todas sus irregularidades, comandante! Con todos los desmanes que usted ha cometido seria conveniente mandarlo a prisión.
Montero de pie a su lado- ¡Sólo estaba cumpliendo con mi trabajo, Su Excelencia, mi deber es cuidar la seguridad de todos los habitantes de Nuestra Señora de los Ángeles!
-¿Ah, sí, acusando a Diego De La Vega, un intelectual de ser un bandido que asalta, atraca y mata… supuestamente… a los funcionarios reales?
-¡Así indicaban todas las pruebas que encontramos!
La marquesa ríe- ¡Comandante, soy mujer! Pero no soy de esa clase de mujeres que usted acostumbra engatusar… ¡no subestime mi inteligencia!
Montero molesto mira a otro lado.
-¡Usted armó toda esta patraña para quedarse con Esmeralda Sánchez de Moncada!
-Con todo respeto Su Excelencia, fue pura casualidad que estaba pretendiendo a Esmeralda mientras estaba investigando a don Diego… y yo le aseguro… con todo mi respeto… ¡que mi intención no es dañar esta familia!
-¡Entonces, las torturas que sufrió Diego De La Vega en la cárcel! ¿qué fueron? ¡además hay que tener en cuenta las jerarquías, comandante! Cosa que usted no puede desconocer… ¿o ya se le olvidó quien es don Alejandro De La Vega?
Montero la mira con rabia.
-¡Porque la reina si lo recuerda muy bien, ella siempre tiene una sonrisa cuando escucha el apellido De La Vega!
-¿Cómo quiere que se lo diga? Lo lamento… ¡le pido una disculpa en nombre de mi capitán que fue quien lo arrestó e interrogó a don Diego! Debe haber alguna manera de subsanar este grave error –comete el error de sugerir.
-¡Sí! –dice firmemente la marquesa- ¡la hay y me place que sea usted mismo quien lo proponga!
-¡Cualquier cosa! –sonríe Montero- ¡que con gusto lo resolveré!
La marquesa sonríe con esa sonrisa única que ella tiene, y que dice más que mil palabras- ¡Bueno! Anule inmediatamente su matrimonio con Esmeralda, ella ama a Diego De La Vega y lo correcto es que ellos sigan con su amor juntos.
Montero pierde la sonrisa- ¿Cómo? ¡eso nunca!
La marquesa lo mira a los ojos- ¿Se atreve a desobedecerme, comandante? ¡no abuse de su suerte! –lo amenaza con voz de hierro- ¡déle gracias a Dios que cuando sucedió lo de mi sobrina, yo no metí mano para terminar con su carrera militar!
Montero se acerca de manera peligrosa- ¿Me está amenazando? ¡mucho cuidado!
La marquesa vuelve a sonreír a plenos dientes- ¡No! –con placer- ¡no, comandante! Le estoy haciendo una promesa… ¡o usted anula su matrimonio con Esmeralda, o yo personalmente me encargo de borrar su nombre de todos los registros militares para siempre!
Montero traga saliva.
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En la sala, en ese momento llega el padre Tomás.
-¡Padre Tomás! –salta Esmeralda- qué bueno que vino… ¿ha visto a Diego?
Alejandro se acerca.
-¡No! Hablé con él esta mañana… ¿pasa algo?
-¡No sabemos dónde se encuentra, padre! –Alejandro- la última persona que lo vio fue Esmeralda, en la plaza.
-¡Estaba con Mariángel, pero no lo vi muy bien! –Esmeralda.
-¡Está desaparecido! –Alejandro- ¡y… estamos muy preocupados!
-Diego está muy afectado por todo lo que está ocurriendo y ustedes tienen que entenderlo –el padre- ¡el te ama, hija, y no está dispuesto a perderte!
-¡Las cosas han cambiado, padre! –le anuncia Alejandro feliz- ¡la llegada de la marquesa ha sido una bendición para todos nosotros! Ella va a interceder a favor de Diego y Esmeralda.
-¿Cómo? –se sorprende el padre.
-¡Su Excelencia le va a exigir al comandante Montero que anule nuestro matrimonio ante el juez! –Esmeralda con esperanza - ¡para poder quedar libre!
El padre sonríe- ¿Es que acaso eso es posible?
-¡Por supuesto que sí padre Tomás, sólo la marquesa con el poder que tiene es capaz de dar semejante orden! -Alejandro- ¡y Montero no podrá desobedecerla!
Esmeralda ríe.
-¡Que maravilla! –festeja el padre.
-Sin embargo –duda Esmeralda- ¡yo todavía soy la esposa de Montero ante la Iglesia y… el matrimonio católico es indisoluble!
-¡No, en este caso no! –sonríe el padre- ¡la ceremonia que yo celebré… está basada en un ritual en latín, muy antigua, que no está aprobado por la Iglesia en este momento!
Esmeralda abre los ojos como platos.
-¡Además… si recuerdas… Diego llegó antes que yo les diera la bendición! –sigue el padre- ¡por tanto ante Dios y la Iglesia tú no estás casada con Montero!
Los tres ríen felices- ¡La verdad que se lo tenía muy bien guardado, padre! –le da la mano.
-¡Padre, me acaba de devolver las esperanzas de vivir mi amor con Diego! –feliz Esmeralda- ¡sólo falta que entre por esa puerta par poder decirle que nada ni nadie nos va a poder separar!
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Establo.
Diego por fin abre los ojos y se encuentra en medio de los caballos- ¿Dónde estoy? –se pregunta- ¡Dios, qué dolor de cabeza! ¿qué me está pasando? –y se levanta a penas, tambaleando- ¡Esmeralda! ¿Dónde estás? –y vuelve a caer desvanecido.
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Casa Gobernador.
Mariángel se peina cuando escucha a la puerta- Señorita Mariángel… ¿puedo pasar? –es Olmos.
Mariángel ríe divertida y con maldad y se pone más sexi- ¡Pase Olmos!
Olmos la mira como si fuera una diosa- ¡Por lo que vi, esta noche finalmente lo logró! Las gotas que le di surgieron su efecto y don Diego quedó a su merced… Traerlo aquí fue cuestión de tiempo para que don Fernando los descubriera en la cama.
-¡Es muy suspicaz, Olmos! Así fue… -sonríe seductora- ¡admito que fue un truco bastante sucio, pero en la guerra y en el amor todo se vale!
-¡Sí, por supuesto!
-¡Vamos Olmos! ¿es lo único que tiene que decirme? –le sonríe con burla- ¡yo sé que usted está celoso!
Olmos trata de sonreír- ¡Por favor, señorita, los celos son sentimientos de personas débiles!
-¡Pero lo siente! –ríe Mariángel- ¡está celoso porque yo sé que usted me ama! No Olmos… las mujeres sabemos cuando un hombre nos desea –se acerca sinuosamente- y yo he visto cómo respira… ¡como late su corazón cuando estoy cerca de usted!
-Señorita –tiembla Olmos.
-¡Olmos, usted es el único que ha visto lo que hice con Diego y yo sé que usted no me va a traicionar!
-No tiene por que repetírmelo, yo soy su más ferviente y leal servidor –la mira con adoración.
-¡Eso espero! Porque es posible que algún día sea recompensado, yo no amo a Diego, solamente me interesa su dinero, su apellido… -y lo mira- ¡en cambio usted! No le niego que me atraen sus celos, su devoción casi enfermiza por mí… ¡hasta su aspecto tiene algo perverso que me excita!
El pobre Olmos tiembla de pies a cabeza con su cercanía.
-Tal vez… -siga Mariángel- ¡algún día yo le de una oportunidad! No lo olvide –le susurra.
-¡Permiso, creo que es mejor que me vaya! –tiembla Olmos y sale retrocediendo.
Al quedar sola Mariángel empieza a reír- ¡Tal vez algún día le de una oportunidad! –finge otra vez- ¡pobre monstruo infeliz! –y lanza una carcajada de diabla.
*
En el pasillo Olmos es un hombre feliz- ¡Lo sabe! –ríe a carcajadas- ¡sabe lo que siento por ella! Me va a dar una oportunidad… ¡a mí! -tiembla- ¡sí! Se excita con mis celos… ¡hasta mi figura la excita! –y baila frente al espejo- ¡la atrae! –saca una peluca roja de un cajón- tal vez ella no es tan frívola como yo pensaba y es posible que sea cierto que… a pesar de las cosas horribles que me ha hecho padecer… ¡ella haga algo por mí! –y se saca el peluquín y se pone el rojo- ¿Por qué no? –ríe cómo loco.
*
Hacienda De La Vega.
Almudena llega a la fiesta.
-¿Qué ocurre, Almudena? –se asusta Alejandro- ¿Por qué traes esa cara?
-¡Es Diego, Alejandro! –le anuncia.
Esmeralda la escucha y llega corriendo- ¡Diego!
-¿Qué pasó con Diego? –Alejandro.
-¿Dónde está, lo viste tía, te dijo algo? –Esmeralda.
-¡No mi amor! Él está bien… -duda- lo que pasa es que tomó de más… ¡bebió unas copas de más y por eso lo llevaron a la casa porque estaba más cerca de la hacienda!
Alejandro la mira preocupado.
-¡Pobre, debe estar deshecho! –Esmeralda- ¡tía, yo lo vi con Mariángel!
-¡Lo importante es que está a salvo, no te preocupes!
-¡Si es así, ahora mismo lo mandaré a buscar con uno de mis hombres! –Alejandro.
-¡No! No hace falta –lo detiene Almudena- quiero decir, él quedó durmiendo en una alcoba… yo misma me encargué de acomodarlo, y por eso llegué tarde.
-¿Estas segura, no hay algo más? –Esmeralda- ¡No me digas que Mariángel lo está cuidado! –se enoja.
Almudena ríe- ¡No, Esmeralda, cómo se te ocurre! Cuando te digo que Diego bebió hasta el cansancio, es verdad –le promete- ¡quedó sin conocimiento! Es mejor dejarlo dormir y mañana va a estar bien… ¡confía en mí! –y luego finge- mi amor, estoy un poco sedienta… ¿Por qué no me traes una copa de vino? Por favor.
Esmeralda le sonríe y se marcha.
Alejandro espera que se marche- ¡Almudena! ¿realmente mi hijo está bien? Sospecho que pasa algo más.
-¡Pues Alejandro! –lo enfrenta Esmeralda- ¡físicamente puede que tu hijo esté bien pero su dignidad y su honor, no! –y mira a todos lados- ¿Por qué no vamos a hablar al estudio? No quiero que nadie nos escuche, y menos Esmeralda.
-¡Pues tendrá que ser en el jardín, Almudena! En el estudio en este momento se encuentra la marquesa obligando al comandante Montero a que renuncie a su matrimonio con Esmeralda.
-¿Entonces la marquesa cumplió con su promesa? –suspira Almudena.
-¡Por supuesto que sí!
-¡Ay mi Dios, esto es una tragedia Alejandro! ¡una verdadera tragedia! –y se lo lleva- ¡ven!
-¿Tragedia? –susurra Alejandro y la sigue al jardín.
Esmeralda regresa con las copas -¿Dónde se metieron?
*
Otra habitación.
Dolores va a buscar a Yumalai.
-No voy a ir a la fiesta Dolores, porque no quiero que don Alejandro me siga regalando ropa de su mujer muerta –le grita.
-¿Quién te dijo eso? Don Alejandro mandó hacer ese vestido especialmente para ti.
-¿Para mí?
-¡Sí, y cuidadito con ir a salir de aquí mal vestida! –le advierte Dolores- ¡porque si no quieres acompañar a mi señor, tampoco lo vas a avergonzar delante de la marquesa! Muchacha malcriada, desobediente –se marcha.
Yumalai recoge el vestido.
*
Cabaña.
Fernando llega a la cabaña y encuentra una nota- “Te esperé, no importa la razón por la que no pudiste asistir a la cita, pero me tranquiliza saber que esta vez…” –duda- ¿qué iba a ser nuestra despedida definitiva? ¡me alegra Dios! Igual… no te volveré a ver… tal vez sea mejor así… -se desespera- ¡no, María Pía, eso no te lo voy a permitir María Pía!
*
Misión.
María Pía llega al convento y la hacen llamar porque la hermana Suplicios tiene otro ataque.
En su habitación el cardenal está rezando desesperada mientras Suplicios se debate como una loca, al ver a María Pía le grita- ¡Tú eres la ramera! ¿Cómo te fue esta noche María Pía? –le grita con voz ronca- ¿te encontraste con tu amante? –y ríe como loca y grita.
-¡Esta mujer está poseída por un demonio! –grita el cardenal.
María Pía mira a Suplicios con desesperación.
*
Hacienda De La Vega.
En el jardín Alejandro tiene un ataque de rabia- ¡Qué me estás diciendo, Almudena! –le grita- ¡Diego metido en la cama con Mariángel!
-¡Baja la voz! Por Dios… fue algo horrible… ¡los encontramos desnudos, en la cama, estaban borrachos!
(no exageres Almudena…
que no estaban desnudos!)
-¡Por Dios! ¿Cómo Diego pudo hacer algo así? –con rabia Alejandro.
-Bueno… me imagino que se deprimió con todo lo que pasó con Esmeralda… ¡no es que yo quiera justificarlo! Pero… -mira a otro lado- si el pobre estaba con Mariángel.
-¿Qué me quieres decir, Almudena ? –se inquieta Alejandro.
-¡Ay, Alejandro, me apena aceptarlo porque es mi sobrina… pero… Mariángel siempre quiso ganarse a Diego! Las circunstancias se dieron… ¡y ella aprovechó y lo enredó!
Alejandro sufre- ¡Y me dices que Fernando estaba allí! ¿él los vio?
-¡Sí, y en su furia golpeó a Diego! Pero el pobre estaba tan mal, tan borracho… que ni siquiera se pudo defender.
-¡Insisto en que tengo que ir a buscarlo!
-¡No! ¿Cómo se te ocurre? –lo detiene Almudena- ¡está en un estado lamentable! No se puede presentar aquí así… ¡sería bochornoso con la marquesa!
Alejandro suspira desesperado.
-¿Sabes lo que esto significa para Diego y Esmeralda? –dice triste Almudena.
-¡Qué ironías tiene la vida! ¿no? –con rabia Alejandro- ¡en este momento la marquesa se encuentra pidiéndole a Montero la anulación de su matrimonio con Esmeralda! Y ahora esto.
-Mi amor, creo que es mejor que lo sepas de una vez, Fernando… ¡va a pedir que Diego responda! Que se case con Mariángel.
*
Hacienda De La Vega.
-¡Mi vida, ven acá! –Montero toma del brazo a Esmeralda- ¡nos vamos ya!
-¡No! Si acabamos de llegar –se opone Esmeralda- ¡además es muy maleducado para don Alejandro y la marquesa que abandonemos la recepción tan rápido! Pero claro… usted de educación… conoce muy poco – se burla.
-¡Tú lo sabías, Esmeralda! –le acusa Montero- ¡sabías lo que iba a pasar con la marquesa! ¿no es así?
Esmeralda lo enfrenta- ¿Qué le pasa Montero, de qué me está hablando? –finge- ¡compórtese!
-¿Sabías que ella me iba a presionar para que anulara nuestro matrimonio?
-¡No! No lo sabía… ¡no tenía por que saberlo! Claro… -se burla- ¡eso es lo que tiene tan contrariado!
-¡Nos vamos ya y me importa un bledo si es de buena o mala educación! Esto lo vamos a discutir en la casa señora de Montero… ¡muévete! –la fuerza del brazo.
Alejandro y Almudena aparecen-¿No me diga que se va tan pronto, comandante Montero?
-¡Don Alejandro, tengo deberes que cumplir! Señora Almudena, don Alejandro, le agradezco su hospitalidad, por favor despídame de la marquesa… ¡cariño, vamonos!
-¡Esmeralda! –Alejandro- ¿tú que vas a hacer?
-¡No se preocupe, don Alejandro! Yo estaré bien –y Esmeralda besa a Almudena- ¡tía, no te preocupes! –la abraza.
Montero se marcha con Esmeralda.
(esto no tiene sentido
¿cómo puede ir con Montero? )
-¡Es mejor que se vaya! Así no tendré que decirle nada esta noche –suspira Almudena- ¡Alejandro! Esa noticia va a matar a Esmeralda… -le dice con lágrimas- ¡la va a devastar!
*
En el despacho.
El padre Tomás y la marquesa brindan felices.
-¡Así que el comandante Montero aceptó anular su matrimonio con Esmeralda! ¿no?
-¡Me ofende tu pregunta! –ríe la marquesa- ¿es que dudaste alguna vez de mi poder de convicción?
-¡Jamás! Lo lograste Carmen, lo lograste… ¡Montero va a liberar a Esmeralda y eso merece una condecoración de bien!
-¡No lo creo Tomás! Confieso que he pecado, para mí fue una pequeña venganza… por lo que ese salvaje le hizo a mi sobrina… -ríe- ¡pero lo disfruté mucho!
-¡Yo te pondré una penitencia para limpiar tu alma! Carmen… tu llegada es una bendición… ¡yo quiero darte las gracias en nombre de Esmeralda y Diego!
-¡Eso no es necesario! Yo soy una romántica incurable y no me voy a ir hasta ver a esa hermosa pareja casados.
Y ambos brindan.
-¡Me encanta que tú y yo somos cómplices en esto! –la marquesa.
-¡Quiero pedirte un favor, querida amiga!
-¡Claro que sí! Yo estoy para servir a Dios.
-¡Tú estás aquí… porque yo pedí ayuda! –suspira el padre Tomás- ¡a gente importante muy cercana mía! Y eso… es nuestro secreto, por favor.
-¡No te preocupes! No hablaría ni aunque me torturaran –le promete- ¡brindemos Tomás, el amor ha ganado una vez más!
-¡Por el amor! –brinda el padre.
*
Casa Montero.
-¡Dejémonos de juegos y quitémonos las máscaras! –Montero entra y cierra la puerta detrás- ¡tú sabías perfectamente del plan de la marquesa para obligarme a anular nuestro matrimonio! ¿no es así, Esmeralda? –le grita.
-¡Ay, qué horror! ¿nos vamos a separar? –finge- ¡ay, creo que voy a llorar!
Montero la toma del brazo- ¡No ofendas Esmeralda, y guárdate esas falsas lágrimas para cuando realmente las necesites!
-¿Me está amenazando, Montero? –sonríe Esmeralda.
-¡Escúchame bien, Esmeralda! Yo pedí tu mano como debía ser y tu padre me la concedió… ¡después se echó para atrás por culpa de la maldita religiosa, la tal María Pía!
-¡Sí! Y a usted no se le olvide que cometió la canallada de inventar que Diego era El Zorro… ¡y lo hizo torturar sin misericordia sólo para obligarme a casarme con usted!
-¡Lo hice sólo para recuperar mi honor! –mira a otro lado- ¡eso es lo más sagrado para un militar como yo!
-¡A mí no tiene que darme explicaciones! Nada justifica las cosas horribles que le hizo a Diego… a su familia y a mí.
Montero le sonríe- ¡Tienes razón, Esmeralda! Tienes razón… si quieres salir libre de aquí… ¡sólo hay una oportunidad! Tendrás que hacer lo que yo diga.
-¡Puede ser! pero por ahora no quiero que vuelva a intentar tocarme nunca más.
-¡Acepto! Siempre y cuando le digas a la marquesa lo que realmente pasó, que le quede bien claro a esa maldita vieja que fui victima de las circunstancias y que no voy a permitir que nadie, ni ella… ¡manche mi historia militar!
-¡De acuerdo! Le hablaré tan… bien… a la marquesa de usted… que hasta lo nombrará general –le subraya las palabras.
Montero se marcha furioso.
-¡Bendita sea la marquesa doña Carmen! –suspira Esmeralda- ¡no te preocupes Diego, ya falta poco para que estemos juntos! –sueña- ¡y ahora sí, nada ni nadie podrá separarnos!
*
Casa Gobernador.
Amanece y Diego vuelve a despertar.
-¡Buenos días, dormilón! –aparece Mariángel y lo quiere besar.
Diego la rechaza.
-¡Ay, mi amor! –sonríe Mariángel- ¿y eso qué es? Debe ser comprensible tu malhumor, anoche bebiste demasiado, tu resaca debe ser espantosa… ¡mira, te traje algo caliente!
-¿Qué fue lo que pasó Mariángel, dónde estoy? –se levanta a penas
-¡En mi casa! –sonríe - ¡mi padre nos descubrió en mi alcoba y bueno… no quiso que pasaras la noche conmigo!
-¿Qué dices? –se espanta Diego.
-¡Sí, tú estabas borracho anoche! Pero no creo que tanto como para que no te acuerdes de lo que hicimos anoche, picaron.
-¡Un momento, Mariángel! ¿de qué me estás hablando, me estás bromeando?
Mariángel finge espanto.
Diego toma su saco -¡Será mejor que me vaya a mi casa!
-¡No! Diego… eso no va a ser así de sencillo –lo detiene del brazo- ¡primero tienes que hablar con mi padre!
-¿Hablar con tu padre? ¡y de qué tendría yo que hablar con tu padre!
-¡Del matrimonio, Diego De La Vega! –aparece Fernando- ¡por supuesto que tú y yo tenemos que hablar del matrimonio con mi hija… Mariángel!
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FIN DEL CAPITULO
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